Si quieres controlar lo que comes ten cuidado con la música ambiental

Es frecuente que además de con sus recetas y platos, haya restaurantes que quieran “deleitarnos” con una selección de música ambiental que los acompañe.

 

 

A veces, esa elección puede resultarnos acertada, sobre todo cuando uno cae en la cuenta de la canción de fondo que está sonando, entre plato y plato, o en una pausa en el diálogo con el resto de comensales, de manera que la música juega sólo un papel secundario y permite fluir la conversación; sin embargo, otras veces la música es de tal clase y tiene tal volumen que atrapa nuestra atención, ya sea porque nos gusta o bien porque nos molesta, de modo que eclipsa el proceso natural de degustación gastronómica. Y es que el maître no tiene por qué ser un buen Dj…

 

 

La música puede alterar nuestro estado de ánimo y eso parece estar firmemente demostrado. Los vendedores lo saben y, frecuentemente hacen “buen” uso de ello.

Una reciente publicación de la revista Academy of Marketing Science nos avisa de las consecuencias que la música ambiental puede tener en nuestra ingesta.

Los investigadores querían verificar la influencia que el volumen de la música ambiental podía tener en la elección entre comida sana y comida no tan sana, así que se fueron a una cafetería de Estocolmo, en la cual pusieron diferentes tipos de música, variando el volumen entre 55 y 70 decibelios (dB).

Los platos de la carta se clasificaron en saludables (ensaladas), no saludables (tartas y dulces) y neutros (café y té) y registraron durante dos días los hábitos de ingestión de los clientes.

 

Tal como esperaban, con la música más tranquila los clientes comían de forma más saludable.

 

Pero la investigación no terminó aquí; llevaron el mismo diseño de investigación a un supermercado y comprobaron que con música alta, los alimentos escogidos por los clientes eran con más frecuencia productos no saludables.

 

Para analizar el efecto del tipo de música, experimentaron con estudiantes a los que se expuso en primer lugar, a música clásica tanto a 50 dB, como a 70 dB, y a una tercera prueba sin ningún tipo de música.

Curiosamente, el resultado de la exposición a música clásica alta y al silencio fue similar: los estudiantes elegían la opción no saludable aproximadamente el 50% de las veces.

Sin embargo, cuando la música ambiental estaba baja (50 dB), la elección de comida no saludable se reducía a un 14%.

 

Pero ¿qué pasaría si la música fuera heavy metal?

 

Pues más o menos lo mismo: con heavy a alta intensidad y sin música el resultado era similar (aproximadamente el 50% de elección de comida no saludable); pero con la música heavy a baja intensidad, la mayoría de las elecciones eran de comida saludable!

 

Los autores del trabajo creen que quizás la música a bajo volumen induzca cierta relajación en los comensales que pueda influir en la elección de un tipo de comida más sana.

Conclusión: nada como comer relajada-mente.

 

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